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El Evangelio de Judas

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El Evangelio de Judas

Judas ha sido vindicado y nosotros hemos sido engañados.

Se nos informó la semana pasada que Judas ha sido reivindicado. Su mal nombre ha sido lavado. Judas no traicionó a Jesús, sino que fue su cómplice en una muerte precipitada. De traidor Judas se ha convertido en héroe.

La supuesta rehabilitación de este discípulo de Jesús, conocido por la infamia de haber traicionado a su Maestro vendiéndolo por treinta piezas de plata, es el resultado de la presentación del “Evangelio de Judas”, un documento del siglo cuarto. Dicho documento  vio la luz pública hace pocos días de manera calculada para el impacto y para el éxito comercial. Lo introdujo la “National Geographic” a través de un imponente entramado mediático que culminó con un documental televisivo de dos horas de duración el domingo 9 de abril. Se presentó al público en vísperas de la Semana Santa y poco antes del esperado estreno de la película “El código Da Vinci”. Lo que debió ser un evento importante en el mundo académico fue convertido en un espectáculo digno del mundo escénico.

Nada de esto estaría mal si se nos hubiera dicho toda la verdad. Pero no fue así. Fuimos engañados. Los medios de comunicación se prestaron para la desinformación, bailando al son que la “National Geographic Society” les tocó. El rigor científico y periodístico cedió a los millones. La objetividad brilló por su ausencia y el público fue mal informado.

Gnósticos y Cainitas
Pongamos en perspectiva el valor del descubrimiento. El manuscrito es parte de un Códice (especie de libro antiguo). Está escrito en copto. Fue descubierto en Egipto en 1978 y llegó primero a los Estados Unidos y luego a Suiza a través del mercado negro de antigüedades.

Hace más de 1,800 años que conocíamos de la existencia del “Evangelio de Judas”, aunque nunca habíamos tenido acceso a su contenido. En el año 180 de nuestra era, Ireneo de Lyon mencionó una obra en griego del mismo nombre (que se presupone es la misma que se nos muestra hoy) como parte de su “Contra los herejes”. Por él ya sabíamos que provenía de un grupo gnóstico llamado los “Cainitas” y que buscaba presentar a Judas de una manera radicalmente diferente a la de los verdaderos Evangelios.

Los Cainitas eran una secta dentro del gnosticismo del segundo siglo. A través de sus escritos buscaban reivindicar las figuras de los “villanos” bíblicos, es decir, aquellas figuras que las Escrituras (especialmente las hebreas, el Antiguo Testamento) presentan como negativas, equivocadas o pecadoras. Como por ejemplo Caín, de donde derivan su nombre.

¿Pero quién querría hablar a favor de Caín (el primer homicida-fraticida), o de Esaú (que vendió su primogenitura) o de Coré que desafió la autoridad del gran Moisés?

La explicación la hallamos en el sistema de creencias gnóstico. Como parte del movimiento gnóstico, los Cainitas creían que la creación visible, mala en sí misma, había sido la creación de una deidad malvada, el “Demiurgo”. Los gnósticos identificaban a éste con Jehová (o Yahvé), Dios en las escrituras del Antiguo Testamento.

El movimiento gnóstico consistió en una fusión de creencias variadísimas, incluyendo las cristianas. Se habla de un “cristianismo gnóstico”, pero la realidad es que lo que este movimiento creía era claramente opuesto a la fe cristiana e incompatible con ésta. Contrario a lo que algunos quieren que creamos, los gnósticos nunca fueron una vertiente genuinamente cristiana. Surgieron en el segundo siglo cuando las doctrinas fundamentales del Cristianismo estaban solidificadas y cuando la lista de los Evangelios que hoy tenemos en nuestro Nuevo Testamento (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) ya había sido establecida, aunque fuese sólo de manera extraoficial.

Los gnósticos creían en la maldad del mundo creado. En su esquema de doctrinas el pecado es sustituido por la falta de conocimiento (“gnosis”, en griego, de donde derivan su nombre) y la salvación por la iluminación. Ésta está disponible sólo para el selecto grupo de los “iluminados” y no para el pueblo en general. A través de este conocimiento se buscaba avivar la “chispa de divinidad” que todos tenemos dentro. (Si alguno identifica estas ideas con las de la Nueva Era, tiene razón. Fue del gnosticismo de donde la Nueva Era heredó estos conceptos.)

En las creencias gnósticas lo material es malo (incluyendo el cuerpo y el sexo), las mujeres son inferiores (en uno de los “evangelios gnósticos” Jesús habla de convertir a María Magdalena en hombre para que pueda entrar al Reino de Dios), el cuerpo físico de Jesús es tan sólo un estuche para el verdadero “cristo” que habita dentro y Jesús no padeció sufrimiento alguno en la cruz, sino que observó toda la escena de la crucifixión sonriendo burlonamente ante el martirio del Nazareno.

Obviamente las enseñanzas gnósticas no eran una variación de las cristianas (más tempranas que las gnósticas por al menos cien años), sino totalmente opuestas a éstas. Los cristianos lo sabían y por eso declararon “herejía” la doctrina. Los gnósticos lo sabían y por eso declaraban que el cristianismo era “una fe de tontos.”

Judas, Felipe, María Magdalena
Los llamados “Evangelios Gnósticos”, a los cuales pertenece el de Judas, son composiciones, de los siglos II al IV, al menos cien años posteriores a los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. En la década del 1970 se publicó la traducción al inglés de la colección de textos de Nag Hammadi, hallados treinta años antes en Egipto, que incluye los evangelios gnósticos de Tomás, Felipe y María Magdalena. Los títulos que ostentan no significan que se pretendiera trazar su origen a estos personajes de la historia bíblica, sino que corresponde al deseo de dar credibilidad al documento adscribiéndoselo a un personaje conocido del Nuevo Testamento. De ahí la designación para este tipo de documento de “seudoepígrafa”.

Es cuestionable llamar “evangelios” a estos documentos. Como es el caso de los otros evangelios gnósticos, el Evangelio de Judas, ofrece poca o ninguna información sobre la persona de Jesús. Nos ayudan a comprender mejor la doctrina gnóstica, pero la información que nos proveen sobre el Jesús histórico o sobre el mismo Judas es nula. Registran sus (supuestas) palabras sin darnos el contexto histórico de ellas. Lo importante en ellos no es lo que Jesús hizo, sino lo que dijo. Si por los evangelios gnósticos fuese, no sabríamos casi nada sobre la vida y obra de Jesús.

El recién publicado libro (The Secrets of Judas, Harper, 2006) el Dr. James M. Robinson, quien dirigió el equipo que tradujo al inglés los documentos de Nag Hammadi (que contiene una colección de evangelios gnósticos), comenta sobre esto:

“El Evangelio de Judas es un Evangelio apócrifo del segundo siglo que con toda probabilidad nos cuenta sobre los Gnósticos Cainitas de la mitad del siglo segundo, ¡no sobre lo que ocurrió en el 30 d.C.” (p. 177, mi traducción.)

Conclusión
El “Evangelio de Judas”, presentado con bombos y platillos por la “National Geographic Society”, es un documento escrito en el siglo IV en Egipto. Es un documento gnóstico  y no uno cristiano. Por ser un documento de autoría gnóstica tardía no contribuye absolutamente nada a nuestro conocimiento de Jesús ni del discípulo que lo traicionó: Judas Iscariote.

El “Evangelio de Judas” no es un Evangelio, no fue escrito por Judas, no contiene información históricamente fidedigna, no añade a la comprensión que ya teníamos del gnosticismo y no tiene la autoridad histórica ni documental para contradecir la historia de los Evangelios bíblicos.

Lo siento por Judas. Creo que su nombre sigue manchado y que nadie en su sano juicio pondrá el nombre “Judas” a un hijo suyo.

 

© Dr. José R. Martínez-Villamil
17 de abril de 2006.
San Juan, PR

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