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Eutanasia

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"Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán...
Más bien, buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas."

Jesús de Nazaret

Sampedro, “Mar adentro” y la Eutanasia: Una Perspectiva Cristiana

La película "Mar Adentro" vuelve a hacer de el tema de la eutanasia uno de suma actualidad. Términos como “muerte digna”, “calidad de vida”, “testamento vital” y otros se han convertido en cotidianos. El autor da aquí su perspectiva del asunto, centrándose en valores cristianos.

En el 2002 Holanda se convirtión en el primer país del mundo en legalizarla. Otros países siguen su ejemplo. Y ahora, la película de Almenábar, “Mar adentro”, que narra el suicidio de Ramón Sampedro el 12 de enero de 1998, vuelve a traer a la palestra publica la “muerte digna”.


En este artículo el autor da su perspectiva del asunto, centrándose en loa valores cristianos relacionados al tema.

Introducción
La religión va ligada al misterio de la vida y al dolor de la muerte. No debe sorprendernos entonces el interés del cristianismo por el tema de la eutanasia. Más que interés es un derecho propio derivado de la dimensión metafísica del tema y de los reclamos del mensaje cristiano. Esto debería ser argumento suficiente para quien, creyente o no, se pregunte la injerencia cristiana en el asunto. Y para aquellos cristianos acostumbrados a evadir los espinosos temas de la cultura moderna, les recordamos nuestro deber de ser sal y luz, dando una perspectiva bíblica a los dilemas modernos.

El debate sobre la eutanasia no es nuevo. Ya existía en tiempos de Hipócrates. Sin embargo la tecnología ha logrado la prolongación de la vida, y la medicina el de posponer la muerte. Todo esto nos enfrenta al tema de la eutanasia, “la buena muerte” o “el buen morir” que, como alguien ha escrito, bien pudiera ser “la mejor manera de liberarse de la “tiranía de la tecnología” .

Dos posiciones básicas
Que éste es un asunto ético no se discute. En qué basaremos nuestra ética es otro asunto. Podemos acercarnos al tema basados en una “Ética teleológica” de corte pragmático. Desde este punto de vista nada es considerado bueno o malo en sí mismo. La bondad o maldad de una decisión depende exclusivamente de sus resultados. En la A su contraparte podríamos llamar “Ética deontológica.” En ella las decisiones se basan en valores morales, en principios absolutos. La ética cristiana está basada en los valores dados por la revelación de Dios.

En nuestro mundo secular, donde el relativismo moral impera, se hace difícil considerar la posibilidad de criterios morales absolutos, sean estos de fe u otra índole. Aquí asumiremos estas cosas como válidas. Los cristianos creemos que la respuesta cristiana al dilema de la eutanasia está fundamentada en varios principios basados en la Biblia.

Primero, el significado de Dios y de su Soberanía. Dios es soberano sobre la vida, sobre la muerte y sobre el juicio. La vida del ser humano le pertenece a Dios. La vida y la muerte provienen de Dios. En la Biblia, Dios se revela a Sí mismo como el Dios de la vida. Desde Génesis donde Dios da la vida, pasando por el milagro de la encarnación de Aquel en quien “estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres,” hasta el libro de Apocalipsis, donde la promesa de vida aparece casi en cada página, el tema de la vida es uno muy presente en las Escrituras.

Dios es el dador de la vida. Es el único que tiene vida e inmortalidad en sí mismo. La vida proviene de Él. Por eso el destino de cada vida humana está en sus manos y sólo a Él corresponde la prerrogativa de terminarla.

Las corrientes modernas en favor de la de eutanasia, por el contrario, reclaman una autonomía que nos permita escoger el momento y el modo de nuestra muerte. En base al principio de la realidad del Dios de la vida y de su Soberanía, contestamos que no corresponde a las criaturas usurpar la autoridad del Creador.

Segundo principio, el significado de la vida y de la persona. La vida humana no sólo es un don de Dios, sino que lleva en sí misma el reflejo de la divinidad. La Biblia enseña que el hombre y la mujer fueron creados “conforme a la imagen de Dios”. Su carácter moral, su capacidad creadora y su naturaleza espiritual son el resultado de esta “imagen” en nosotros. Es esto lo que da valor intrínseco a la persona.

La vida humana tiene un especial valor, por lo que es protegida por el mandato de “no matarás”. En el libro de Génesis Dios vela por la vida de Abel, responsabiliza a Caín de su muerte y se pronuncia contra el asesinato. La Biblia es clara, adelantándose a los tratados de derechos humanos, al promulgar el valor intrínseco del ser humano irrespectivo de su condición social, educacional o económica, así como de su salud, cociente intelectual o productividad.

Uno de los argumentos más frecuentes y que más apela al público es el de la llamada “calidad de vida.” ¿No es cierto, se nos pregunta, que puede llegar un momento en la vida de una persona en que, limitada a una cama y en espera de una muerte segura, la vida no tenga la calidad necesaria para continuarla? En la galardonada película “El paciente Inglés” y en la ya mencionada “Mar adentro”, se plantea esta situación. En una de sus últimas escenas de “El paciente inglés , el protagonista yace en una cama recuperándose de graves quemaduras, torturado por la muerte de la mujer que amaba y por su propio acto de traición. En esta condición pide a la enfermera que le ha cuidado, salvándole la vida, que le mate con una sobredosis de morfina. Ella accede a su petición.

El problema de esta postura consiste en la grande dificultad de establecer lo que constituye “calidad de vida” o al menos la calidad de vida mínima para justificar la existencia. ¿Cual es nuestro mínimo? ¿La capacidad de ser productiva? ¿La capacidad de movilidad? ¿De comunicación? ¿Cuánta improductividad será necesaria para que desechemos a un ser humano como lo haríamos con un electrodoméstico dañado o con un animal enfermo?

Los cristianos contestamos a esto con en el hecho teológico de la santidad de la vida humana. Dicho de otra manera, los cristianos afirmamos la “Santidad de la vida sobre la calidad de la vida.” La imagen de Dios en el ser humano no depende de su productividad ni de su calidad. Es parte intrínseca de su ser.

Quizás este es el mejor momento para recordar que existe una distinción ética entre matar y dejar morir. En la eutanasia pasiva los beneficios del tratamiento no compensan la angustia del sufrimiento, por lo que se permite continuar al proceso irreversible de la muerte sin intervención de nuestra parte. Se discontinúan las medidas extraordinarias y heroicas cuando éstas sólo prolongan la agonía. Por lo tanto no hay aquí violación de principios bíblicos. No es así en la Eutanasia.

Los que favorecen la eutanasia abogan por la libertad o la autonomía del ser humano para decidir su destino, especialmente en condiciones como las antes mencionadas. En el pensamiento bíblico la vida no es un posesión humana sino un bien divino bajo administración humana. Somos mayordomos de nuestra vida, no dueños de ella. No podemos disponer de nuestra vida porque no nos pertenece. La libertad o autonomía no es un bien supremo.

Tercer principio, el significado del sufrimiento. En una sociedad donde el hedonismo es uno de los principales valores, nos resulta difícil considerar los aspectos positivos del sufrimiento y del dolor. Para el cristiano el sufrimiento puede ser una oportunidad de crecimiento. En el desarrollo de la vida espiritual, da oportunidad para una mayor cercanía a Dios. No significa esto que el cristiano procure el sufrimiento, sino que su aceptación como parte de la perfecta voluntad de Dios incluye la verdad de que el sufrimiento, aunque de una manera a veces incomprensible, puede resultar en beneficio (espiritual y emocional) del que lo padece.

El sufrimiento relacionado a la muerte en particular tiene una peculiaridad que a veces pasamos por alto. El sufrimiento en la muerte es, más que físico, mental y espiritual-existencal. Dicho padecimiento puede ser el instrumento para un despertar de la consciencia espiritual y una última oportunidad para resolver conflictos, pedir perdón, restituir relaciones rotas y, por supuesto, un arrepentimiento y acercamiento a Dios. La actitud moderna hacia la muerte y el enfoque que se da a la eutanasia representa lo que el siquiatra norteamericano Scott M. Peck llama la “negación del alma”. Obviamos la dimensión espiritual del ser humano cuando le es más necesaria.

Cuarto principio, el bien general. Basados en el principio del amor al prójimo, las decisiones deben ser tomadas considerando el bien común de la sociedad. El efecto de la eutanasia sobre la sociedad es claramente negativo: baja el valor de la vida humana, hace más fácil la muerte y nos conduce a la temida “pendiente resbaladiza” (que habla de el temor que existe de que la práctica de la eutanasia lleve a otra actividades en menosprecio de la vida humana).

Algunos de los informes relacionados con la eutanasia en Holanda, donde está legalizada, admitenesta preocupación. En uno de los estudios oficiales en este país se encontró que, en un año, se reportaron más de mil muertes por “eutanasia” sin que mediara la petición del paciente (y esto antes de la aprobación legal de la eutanasia). En dicho país muchas personas de edad avanzada llevan consigo una tarjeta donde se pide que NO se les practique la Eutanasia. En este mismo país se gestiona la autorización gubernamental para dar muerte a los recién nacidos cuyas expectativas de vida “de calidad” no sean favorables.

Con este tipo de acto la sociedad misma sufre, porque con la eutanasia el valor de la vida se reduce a precio de rebajas.

Un tema usualmente ignorado lo es el impacto de la práctica de la eutanasia sobre el personal médico. Con la eutanasia la milenaria ética Hipocrática es echada a un lado; convertimos al instrumento de vida en vehículo de muerte. Las consecuencias morales y sicológicas sobre médicos y enfermeras y sobre la relación de estos con sus pacientes no deben ser olvidadas.

¿Qué podemos hacer?

1. Adoptar, promover y practicar una visión bíblica del valor de la vida independientemente de criterios puramente accidentales como pueden ser la belleza, el cociente intelectual, la edad o la “calidad de vida”.

2. Enseñar a la comunidad sobre la doctrina bíblica en torno a la vida, la muerte y el sufrimiento. Por encima de la deificación del placer temporal y de la vida como instrumento hedonista, nos toca proclamar la santidad de la vida en sí misma y el lugar del sufrimiento en el crecimiento humano.

3. Hacer menos necesaria la eutanasia. Aprender como individuos y como comunidad a ministrar a las necesidades especiales del moribundo. Esto incluye el alivio del dolor físico, la eliminación de los tratamientos que sólo prolongan la muerte y la provisión de compañía humana en los momentos finales de la vida. La tendencia moderna es la de morir en un hospital, rodeados de máquinas, médicos y medicinas. La iglesia cristiana puede ayudar proveyendo, para los que se enfrentan a la muerte, de un ambiente familiar, acompañados de seres queridos y de amor. La iglesia cristiana puede involucrarse, como de hecho ya lo hace en muchas partes del mundo, en promover el desarrollo de centros holísticos donde se ofrezca al moribundo ayuda integral (médica, analgésica y espiritual).

Conclusión
Ante un mundo confundido sobre cómo mejor vivir la vida y cómo mejor enfrentar la muerte, el Mensaje Cristiano debe ser proclamado con autoridad. La revelación de Dios en la Persona de Jesucristo es la mejor contestación al misterio de la vida y a la experiencia de la muerte.

La iglesia cristiana no debe descuidar su proclamación de un Evangelio que apela a y satisface las necesidades básicas del ser humano. Su necesidad de trascendencia, interrelación y esperanza se ven provistas en la triada cristiana de “fe, amor y esperanza.” La esperanza cristiana, es esperanza real de la continuidad de comunión con Dios en la vida más allá de la muerte. Conseguida para nosotros gratuitamente por la muerte de Cristo y verificada por el evento histórico de la resurrección, la seguridad de vida eterna juega un papel clave en la preparación del ser humano para la muerte. Debemos enseñar la esperanza cristiana no como un incentivo para descuidar nuestra lucha por mejorar nuestro presente sino como la motivación para vivir de la mejor manera aquí y disfrutar de la mejor manera “allá.”

La relación personal del ser humano con Dios es la mejor manera de vivir bien y de morir mejor.


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© Dr. José R. Martínez Villamil
Revisado enero 2005.
Barcelona, España - San Juan, Puerto Rico
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