Categoria: Cristianismo y la Ciencia

ADN Y Otros Diseños (2)

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¿Qué es el Darwinismo?

El autor de este artículo, el Dr. Stephen C. Meyer, nos dirige a un acercamiento un tanto diferente al tema de la Evolución. Su preparación en la Historia y Filosofía de la Ciencia le acreditan para ello.

Ante un tema tan complejo y basto el autor nos lleva de la mano en un recorrido por el desarrollo del pensamiento científico en lo que respecta a la Evolución. En ese camino nos espera más de una sorpresa.

Según avanza la historia, desde Darwin hasta la Biología Molecular (pasando por Watson Y Crick), tenemos la oportunidad de observar cómo el cúmulo de conocimiento que se añade al tema se rehusa a compaginar con el modelo evolucionista

(Ir a Parte I)

ADN, proteínas, información y probabilidades

Selección natural y complejidad celular

¿Autoestructuración?

Orden e información

Diseño Inteligente.

 

ADN, proteínas, información y probabilidades
La dilucidación de las propiedades transportadoras de información del ADN plantea la cuestión del origen final de la información tanto en el ADN como en las proteínas. Realmente, muchos científicos se refieren actualmente a la problemática de la información como el “Santo Grial” del origen de la vida en biología. Así, como recientemente Bernd-Olaf Kuppers ha expresado, “básicamente el problema del origen de la vida es claramente equivalente al problema del origen de la información biológica.” A partir de los años 1950, se han propuesto por los científicos tres grandes categorías de explicaciones naturalistas para interpretar el origen de la información: azar, selección natural prebiótica y necesidad química.

Mientras que muchas personas ajenas a la biología del origen de la vida aun invocan al “azar” como explicación causal para el origen de la información biológica, pocos investigadores serios lo mantienen. Desde que en las décadas de 1950 y 1960 los biólogos moleculares empezaron a evaluar la especificidad de las secuencias de proteínas y ácidos nucleicos, se han hecho muchos cálculos para determinar la probabilidad de formular proteínas y ácidos nucleicos funcionales al azar. Incluso suponiendo condiciones prebióticas extremadamente favorables y las tasas de reacción teóricamente máximas, los cálculos resultantes han mostrado repetidamente que la probabilidad de obtener biomacromoléculas secuenciales funcionales al azar es, según palabras de Ilya Prigogine, “infinitamente pequeña... incluso a una escala de miles de millones de años.”

Consideremos los obstáculos que deber haber sido vencidos para construir simplemente una pequeña molécula proteica de una cadena de un centenar de aminoácidos. En primer lugar, todos los aminoácidos deben forma un enlace químico denominado enlace peptídico para unirse con otros aminoácidos en la cadena proteica. Si bien en la naturaleza son factibles muchos tipos de enlaces químicos entre los aminoácidos, solamente la mitad de ellos son enlaces peptídicos. La probabilidad de construir una cadena de cien aminoácidos en las que tales uniones se establezcan con enlaces peptídicos es aproximadamente de (1/2)99 o de 1 entre 10 a elevado a la 30a potencia.

En segundo lugar, en la naturaleza cada aminoácido tiene su propia y distinta imagen de espejo, es decir, una forma “L” que desvía el plano de la luz polarizada hacia la izquierda y una forma “D” que lo hace a la derecha. Estas formas de imágenes de espejo son denominadas isómeros ópticos. Las proteínas funcionales toleran únicamente aminoácidos L, no obstante en la naturaleza se encuentran con aproximadamente la misma frecuencia isómeros de ambos tipos. Teniendo esto en cuenta se acentúa la improbabilidad de obtener una proteína biológicamente funcional. La probabilidad de obtener al azar en una hipotética cadena peptídica de cien aminoácidos (únicamente formas L) es de (1/2)100 o nuevamente de una posibilidad entre 10 elevado a la 30a potencia.

Tercero y de máxima importancia, las proteínas funcionales deben presentar unos aminoácidos que se unan según una distribución secuencial específica, al igual que lo hacen las letras de una frase con sentido. Debido a que existen en los compuestos biológicos veinte aminoácidos, la probabilidad de que se sitúe un aminoácido específico en un determinado lugar es de 1/20. Incluso si suponemos que en algunos lugares a lo largo de la cadena se tolerarían distintos aminoácidos, la probabilidad de alcanzar una secuencia funcional de aminoácidos en varias proteínas funcionales al azar es aun “extraordinariamente pequeña,” aproximadamente una probabilidad entre 10 a la 65a potencia [un 1 seguido de 65 ceros], un número astronómicamente grande, para una cadena proteica de cien aminoácidos. (Realmente la probabilidad es aun menor ya que hay muchos aminoácidos no proteicos en la naturaleza que no se han tenido en cuenta en este cálculo.)

Si uno también considera en la probabilidad de obtener una unión adecuada los isómeros ópticos, la probabilidad de formar una proteína funcional bastante pequeña al azar, es tan pequeña (1 posibilidad entre 10 elevado a la 125a potencia), que nos acercamos a la situación en la que invocar el azar se convierte en un absurdo incluso teniendo en cuenta los “recursos probabilísticos” de un universo de miles de millones de años. Hay que considerar también que dificultades igualmente insalvables en términos de probabilidades se encuentran en la formación de ADN funcional al azar. Además, una célula mínimamente compleja, requiere no una sino aproximadamente un centenar de proteínas complejas (y otro muchos componentes biomoleculares tales como ADN y ARN) funcionando en estrecha coordinación. Por esta razón, la evaluación cuantitativa de la complejidad celular, simplemente ha reforzado la opinión que ha prevalecido desde la mitad de la década de 1960 en la biología del origen de la vida, el azar no es una explicación adecuada para el origen de la complejidad y especificidad biológica.

Selección natural y complejidad celular
A medida que la mayoría de investigadores se iban decepcionando con las explicaciones del “azar”, también se iban abandonando las teorías de la selección natural prebiótica. Tales teorías supuestamente evitaban las dificultades del mero azar a través de un mecanismo mediante el cual fenómenos celulares de cada vez mayor complejidad podrían preservarse y seleccionarse. No obstante, estas teorías adolecen de muchas de las dificultades presentes en las teorías basadas en el simple azar.

La selección natural presupone un mecanismo preexistente de autoreproducción . Sin embargo, la autoreproducción en todas las células vivas depende de proteínas y ácidos nucleicos funcionales (y por consiguiente con una considerable especificidad de secuencia). Pero era el origen de estas moléculas precisamente lo que necesitaba explicar Oparin. Así, muchos rechazaron su postulado de la selección natural prebiótica por ser indemostrable. Como remarcaría el biólogo evolucionista Theodosius Dobzhansky, “La selección natural prebiológica es conceptualmente una contradicción.”

Además, la selección natural puede escoger únicamente lo que el azar inicialmente ha producido, y el azar, en un marco prebiótico por lo menos, parece un agente inverosímil para producir la información presente en una sola molécula proteica o de ADN funcional. Como ha explicado Christian de Duve, las teorías de la selección natural prebiótica “necesitan información que implica que tendrían que presuponer lo que ha de ser explicado en primer lugar”. Por esta razón, en la actualidad la mayoría de los científicos rechazan los acercamientos a la selección natural prebiótica por ser esencialmente indistintos a los argumentos del azar.


¿Autoestructuración?
Debido a estas dificultades, muchos de los teóricos del origen de la vida posteriores al 1965 trataron de enfocar el problema del origen de la información biológica de una manera totalmente nueva. En vez de recurrir a la selección natural prebiótica o a “las casualidades congeladas”, muchos teóricos sugirieron que por sí solas las leyes de la naturaleza y de la atracción química pueden ser responsables de la información en el ADN y en las proteínas. Algunos han sugerido que sustancias químicas simples pueden presentar “propiedades de autoestructuración” capaces de organizar las partes constituyentes de proteínas, ADN y ARN en las disposiciones específicas que ahora presentan. De igual forma que las fuerzas electrostáticas atraen entre sí a los iones de sodio (Na+) y de cloruro (Cl-) formando una estructura totalmente ordenada en un cristal de sal (NaCl), de la misma manera también pueden los aminoácidos con afinidades específicas entre sí estructurarse para formar proteínas.

En 1977, Prigogine y Gregorie Nicolis propusieron otra teoría de autoestructuración basada en su observación de que los sistemas abiertos alejados de una situación de equilibrio frecuentemente manifestaban tendencias hacia la autoestructuración. Por ejemplo, la energía gravitatoria producirá torbellinos extremadamente ordenados en un tubo de desagüe de una bañera, y la energía térmica que fluye de un sumidero de calor generará corrientes de convección características o un “actividad de ondas en espiral”.

Para muchos científicos actuales estudiosos del origen de la vida, los modelos de autoestructuración parece que ahora ofrecen un enfoque muy prometedor para explicar el origen de la información biológica. Sin embargo, sus críticos han cuestionado tanto la credibilidad como la relevancia de los modelos de autoestructuración. Irónicamente, quizá uno de los primeros y mas importantes defensores de la autoestructuración, Dean Kenyon, acaba de repudiar categóricamente tales teorías, tanto por ser incompatibles con los hallazgos empíricos como por ser teóricamente incoherentes.

Las dificultades empíricas que acompañan a los argumentos de autoestructuración pueden observarse al examinar una molécula de ADN. El diagrama [no disponible] de abajo muestra que la estructura del ADN depende de varios enlaces químicos. Hay enlaces, por ejemplo, entre las moléculas de azúcar y de fosfato que forman las dos unidades trenzadas de la columna vertebral de la molécula de ADN. Hay enlaces que fijan a cada base (nucleótido) a la columna vertebral (esqueleto) de azúcar y fosfato en cada lado de la molécula. Se observará que no hay enlaces químicos entre las bases que están dispuestas a lo largo de los filamentos helicoidales. No obstante, es precisamente a lo largo de este eje de la molécula de ADN donde están codificadas las instrucciones genéticas.

Además, de igual manera que las letras magnéticas se pueden combinar y recombinar de cualquier modo para formar diferentes secuencias sobre una superficie metálica, también cada una de las cuatro bases A, T, G y C pueden ligarse con la misma facilidad a cualquier lugar del esqueleto del ADN, estableciendo que todas las secuencias sean igualmente probables (o improbables). Se encuentra el mismo tipo de enlace químico entre las bases y el esqueleto del ADN independientemente de cual es la base que se conecta. Las cuatro bases son admitidas, no hay preferencias. En otras palabras, no intervienen diferencias de afinidades en los enlaces para la secuenciación de las bases. Debido a que se dan las mismas propiedades para las moléculas de ARN, los investigadores que especulan acerca del inicio de la vida en un “mundo de ARN” también han fracasado en la resolución del problema de la secuenciación, es decir el problema de explicar cómo inicialmente pudo haber surgido la información presente en todas las moléculas de ARN funcionales.

Para todos aquellos que quieren explicar el origen de la vida como el resultado de las propiedades intrínsecas de autoestructuración de los constituyentes materiales de los sistemas vivientes, esta aportación bastante elemental de la biología molecular tiene implicaciones devastadoras. El lugar más lógico para buscar las propiedades de autoestructuración que expliquen el origen de la información genética es en las partes constituyentes de las moléculas que contienen esa información. Pero la bioquímica y la biología molecular establecen claramente que las fuerzas de atracción entre los constituyentes del ADN, ARN y de las proteínas no justifican la especificidad de la secuencia de estas grandes biomoléculas portadoras de información.

Es significativo que los teóricos de la información insisten que es muy razonable que esto sea así. Si las afinidades químicas entre los constituyentes en el texto del mensaje del ADN determinaran la disposición del texto, tales afinidades disminuirían dramáticamente la capacidad del ADN para llevar información. Consideremos qué ocurriría si cada una de las letras de los nucleótidos en la molécula de ADN interactuara entre sí por imperativo químico. Cada vez que la adenina (A) se encontrara en una secuencia genética en formación, arrastraría hacia sí a la timina (T). Cada vez que apareciera la citosina (C), le seguiría la guanina (G). El resultado sería que el texto del mensaje del ADN estaría salpicado de secuencias repetitivas de A seguidas de T y de C seguidas por G.

En vez de tener una molécula genética capaz de transformarse sin límite, con las secuencias impredecibles e irregulares que caracterizan a los textos informativos, tendríamos un texto sumamente repetitivo inundado con secuencias redundantes, como ocurre con los cristales. Realmente, en un cristal las fuerzas químicas de atracción mutua explican completamente el orden de la secuencia de sus partes constituyentes, y por consiguiente los cristales no pueden transmitir información nueva. La secuencia de los cristales es repetitiva y extraordinariamente ordenada pero no es informativa. Por ejemplo, una vez se ha visto en una sal cristalizada a un “Na” seguido por un “Cl” se ha visto el límite de la secuenciación posible. Cuanto mayores sean las afinidades de combinación más reducido estará el potencial informativo. No pueden por consiguiente, utilizarse para justificar el origen de la información. Las afinidades crean “mantras” (oraciones o frases repetitivas), no mensajes.

Orden e información
La tendencia a confundir la distinción cualitativa entre “orden” e “información” ha caracterizado los esfuerzos investigadores de la autoestructuración, cuestionando la relevancia de esta obra en el origen de la vida. Los teóricos de la autoestructuración explican correctamente lo que no necesita ser explicado. Lo que necesita ser explicado no es el origen del orden (ya sea en forma de cristales, del torbellino de un tornado o del “ojo” de un huracán), sino el origen de la información, las secuencias específicas aunque extremadamente improbables e irregulares, que hacen que sea posible la función biológica.

Para comprobar la distinción entre orden e información, compararemos la secuencia “ABABABABABABABAB” con la secuencia “El tiempo y la marea no esperan a nadie.” La primera secuencia es repetitiva y ordenada, pero no compleja ni informativa. Los sistemas que están caracterizados tanto por su especificidad como por su complejidad (lo que los teóricos de la información denominan “complejidad específica”) tienen “contenido de información.” Puesto que tales sistemas tienen el carácter cualitativo de irregularidad o complejidad, están cualitativamente diferenciados de los sistemas caracterizados por una sencilla ordenación periódica. Así pues, los intentos de explicar el origen del orden no tienen relevancia en las discusiones sobre el origen del contenido de la información. Curiosamente, las secuencias de nucleótidos en las regiones codificadoras del ADN tienen irrefutablemente un elevado contenido informativo, puesto que son tan extraordinariamente complejas como específicas, al igual que las frases con sentido en un idioma o el listado de códigos de un programa de ordenador.

Aunque la información contenida en una frase en inglés o en un programa de ordenador no proviene de la química de la tinta o del magnetismo de la física, sino de una fuente ajena tanto a la física como a la química. Realmente, en ambos casos, el mensaje rebasa las propiedades del medio. La información del ADN también sobrepasa a las propiedades de su medio material. Puesto que los enlaces químicos no determinan la disposición de las bases de nucleótidos, éstos pueden adoptar una amplia gama de secuencias posibles y por consiguiente expresar muchos mensajes bioquímicos diferentes.

Si las propiedades de la materia (es decir, del medio) no son suficientes para explicar el origen de la información, ¿cuáles lo hacen? Nuestra experiencia con sistemas de información intensiva (especialmente códigos y lenguajes) indica que tales sistemas siempre proceden de una fuente inteligente, es decir, de agentes mentales o personales, no del azar o de la necesidad material. Esta generalización acerca de la causa de la información, irónicamente ha sido confirmada por la propia investigación del origen de la vida. Durante los últimos cuarenta años, cada modelo naturalista propuesto ha fracasado en explicar el origen de la información, el gran escollo de los argumento materialistas. Así pues, mente o inteligencia, o lo que los filósofos denominan “agente causal”, se erige ahora como la única causa conocida capaz de crear un sistema rico en información, en el que estarían incluidas las regiones codificadas del ADN, las proteínas funcionales y la célula en su conjunto.

Diseño Inteligente
Puesto que la mente o un diseño inteligente es la causa necesaria de un sistema informativo, se podría detectar la acción en el pasado de una causa inteligente a partir de la presencia de un efecto de información intensiva, incluso si la propia causa no pudiera ser observada directamente. Puesto que la información requiere una fuente inteligente, las flores que deletrean “Bienvenido a Victoria” en los jardines del puerto de Victoria en Canadá permiten a los visitantes deducir la actividad de agentes inteligentes a pesar de que no hayan visto plantar y arreglar las flores adecuadamente.

Los científicos de muchos campos reconocen actualmente la conexión entre inteligencia e información, estableciendo las conclusiones pertinentes. Los arqueólogos asumen que la mente produjo las inscripciones de la Piedra de Rosetta. El SETI, siglas en inglés del organismo que investiga la existencia de inteligencia extraterrestre, presupone que la presencia de información alojada en las señales electromagnéticas del espacio indicarían una fuente inteligente. Sin embargo, los radioastrónomos aun no han encontrado señales portadoras de información procedentes del espacio. No obstante, los biólogos moleculares, sin ir tan lejos, han descubierto información en la célula. Consecuentemente, el ADN justifica proponer lo que el teórico probabilístico William A. Dembski ha denominado “el diseño deductivo”.

Como era de esperar, muchos científicos han argumentado que la deducción del diseño deja a un lado a la ciencia. Dicen que inferir el diseño constituye un argumento de ignorancia científica, la falacia del “Dios de los lagunas” [para explicar lo inexplicable]. Puesto que la ciencia aún no conoce cómo puede haber surgido la información biológica, los teóricos del diseño invocan una idea misteriosa, el diseño inteligente, para llenar un vacío en el conocimiento científico. Por otra parte, muchos filósofos se resisten a reconsiderar el diseño por que asumen que las objeciones de Hume al razonamiento analógico en los argumentos de diseño clásico todavía tienen fuerza.

Sin embargo los progresos en la filosofía de la ciencia y en las ciencias de la información han aportado los fundamentos para una refutación decisiva de ambas objeciones. En primer lugar, la teoría del diseño contemporánea no constituye un argumento desde la ignorancia. Los teóricos del diseño deducen éste no debido a que los procesos naturales no puedan explicar el origen de los sistemas biológicos, sino porque estos sistemas manifiestan el sello distintivo de sistemas diseñados inteligentemente, es decir, presentan características que en cualquier otro campo de la experiencia provocaría el reconocimiento de una causa inteligente. Por ejemplo, en el libro “La caja negra de Darwin” (1996), Michael Behe ha deducido el diseño no solamente por que el mecanismo gradual de la selección natural no puede producir sistemas “irreductibles complejos”, sino también por que en nuestra experiencia la “complejidad irreductible” es una característica de sistemas que se sabe que han sido diseñados inteligentemente. Es decir, siempre que se consideren sistemas con características de complejidad irreductible y se conoce la causa de cómo se han originado, indudablemente el “diseño inteligente” ha tenido un papel en el origen de tales sistemas. De manera que Behe deduce que el diseño inteligente es la mejor explicación para el origen de la complejidad irreductible de los motores moleculares celulares, por ejemplo, basándose en lo que conocemos, no en lo que no conocemos, acerca de la capacidad causal de la naturaleza y de los agentes inteligentes respectivamente.

De forma parecida, la “especificidad de la secuencia” o la “especificidad y complejidad” o la “información del contenido” del ADN sugieren una inteligencia anterior a la causa, debido a que nuevamente, la “especificidad y complejidad” o el “elevado contenido de información” constituyen un sello (o rúbrica) característica de inteligencia. Realmente, en todos los casos donde conocemos el origen de la causa de un “cuantioso contenido de información”, la experiencia nos ha demostrado que el diseño inteligente ha jugado un papel causal.

Los teóricos del diseño deducen una causa inteligente del pasado basada en el conocimiento actual de la relación causa efecto. Las inferencias al diseño se basan en un método uniforme y estándar de razonamiento utilizado en todas las ciencias históricas, muchas de las cuales habitualmente identifican causas inteligentes. Por ejemplo, no diremos que un arqueólogo ha caído en la falacia del “escriba de lo desconocido” simplemente por que ha deducido que un agente inteligente ha escrito una inscripción jeroglífica antigua. Al contrario, reconocemos que el arqueólogo ha establecido una deducción basada en la presencia de una característica (llamémosla “elevado contenido de información”) que invariablemente involucra una causa inteligente, no (únicamente) por que haya una ausencia de evidencia apropiada y efectiva de una causa natural.

En segundo lugar, contrariamente a la clásica objeción de Hume al diseño, el argumento del “ADN al diseño” no depende de una analogía entre las características de los productos humanos y de los sistemas vivos, y menos aun de otras asociaciones menos convincentes. Si, como ha dicho Bill Gates, “el ADN es similar a un programa de ordenador” pero más complejo, tiene sentido, con un fundamento analógico, considerar la deducción de que también tuvo un origen inteligente.

Sin embargo, aunque el ADN es similar a un programa de ordenador, el proceso de su diseño no depende simplemente de un parecido o de un razonamiento analógico. Los argumentos clásicos de diseño en biología habitualmente tratan de establecer analogías entre el conjunto del organismo y máquinas basadas en ciertas características similares que presentan en común. Estos argumentos tratan de razonar que efectos similares derivan de causas parecidas. La situación de tales argumentos de diseño se manifiesta de acuerdo al grado de similitud que realmente se obtiene entre los efectos en cuestión. Y aunque los proponentes de estos argumentos clásicos admiten disimilitudes así como semejanzas, la situación de estos argumentos siempre se muestra incierta. Los que abogan por esta teoría argumentarían que las semejanzas entre los organismos y las máquinas superarían a las diferencias. Los críticos manifestarían lo contrario.

El argumento del diseño de la información en el ADN no depende de ese razonamiento analógico puesto que no se basa en reivindicar semejanzas. Como se ha comentado anteriormente, las regiones codificadas del ADN tienen exactamente las mismas propiedades de “complejidad específica” o de “contenido de información” que tienen los códigos informáticos y los textos lingüísticos. Aunque el ADN no presenta todas las propiedades de los lenguajes naturales o “información semántica”, por ejemplo, la información que es subjetivamente coherente al hombre, sí que tiene precisamente aquellas propiedades que conjuntamente reclaman un precedente inteligente.

Como ha mostrado recientemente William A. Dembski en su libro “La inferencia del diseño” (1998), los sistemas o secuencias que tienen en común las propiedades de una “elevada complejidad y especificidad” invariablemente derivan de causas inteligentes, no del azar o de una necesidad físico-química. Las secuencias complejas son aquellas que muestran una distribución irregular e improbable que desafían su expresión mediante una simple regla o algoritmo. Por otra parte, una especificidad es un emparejamiento o correspondencia entre un sistema físico o secuencia y una serie de requisitos funcionales independientes o de restricciones. Resulta que las secuencias de bases en las regiones codificadas del ADN son tan extraordinariamente complejas como específicas. La secuencia de las bases en el ADN es considerablemente irregular, no repetitiva e improbable, y por consiguiente compleja. Además, las regiones codificadas del ADN muestran una distribución secuencial de bases que es necesaria (con una escasa tolerancia) para formar proteínas funcionales, es decir, que son muy específicas con respecto a los requisitos independientes de la función y síntesis proteica. Así pues, como casi todos los biólogos moleculares reconocen actualmente, las regiones codificadas del ADN poseen un elevado “contenido de información” que en el contexto biológico precisamente significa “complejidad y especificidad”.

Por consiguiente, el argumento del diseño del contenido de información en el ADN, no depende de un razonamiento analógico puesto que no se basa en un reclamo al grado de semejanza. El argumento no depende en la semejanza del ADN con un programa de ordenador o con un lenguaje humano, sino en la presencia de una característica idéntica (el “contenido de información” definido como “complejidad y especificidad”) tanto en el ADN como en todos los otros sistemas diseñados, ya sean lenguajes u otros productos. Mientras que un programa de ordenador puede en muchos aspectos ser similar al ADN, y diferente en otros, muestra una identidad exacta con el ADN en su capacidad de almacenar contenido informativo (como se ha definido).

Así pues, el argumento del “diseño del ADN” no representa un razonamiento analógico de la clase que Hume había criticado, sino una “deducción a la mejor explicación.” Tales argumentos invocan, no una valoración del grado de semejanza entre los efectos, sino una estimación de la adecuación de causas posibles compitiendo por el mismo efecto. Puesto que sabemos que los agentes inteligentes pueden producir (y lo hacen) secuencias de símbolos complejas y funcionalmente específicas y ordenaciones de materia (por ejemplo, contenido de información), el agente inteligente reúne los requisitos de explicación causal suficiente para el origen de este efecto. Además, puesto que los escenarios naturales han demostrado ser universalmente inadecuados para explicar el origen del contenido de la información, la mente o la inteligencia creativa se erigen ahora como las entidades únicas y mejores con la capacidad causal de producir esta característica de los sistemas vivos.

¿Azar, necesidad o diseño?
Durante casi 150 años muchos científicos han insistido que “el azar y la necesidad” o la casualidad y la ley, juntamente eran suficientes para explicar el origen de la vida en la Tierra. Sin embargo, ahora nos encontramos que el pensamiento evolutivo ortodoxo, con su dependencia en estos dos pilares de la ideología materialista, ha fracasado en la explicación de la especificidad y complejidad de la célula. Aun a pesar de eso, muchos científicos insisten que considerar otra posibilidad constituiría un alejamiento de la ciencia, de la razón misma.

No obstante, la razón común, y una gran parte del razonamiento científico que supera el escrutinio sancionador del materialismo, no solamente reconoce sino que nos exige que aceptemos la actividad causal de agentes inteligentes. Las esculturas de Miguel Angel, los programas de ordenador de la compañía Microsoft, las inscripciones de los reyes Asirios, cada una evidencia una acción inicial de un agente inteligente. Realmente, por todas partes de nuestro entorno altamente tecnificado observamos fenómenos complejos, manifestaciones y sistemas que empujan a nuestras mentes a reconocer la actividad de otras mentes que comunican, planean y diseñan. Pero para detectar la presencia de la mente, para percibir la actividad de la inteligencia en el eco de sus efectos, se requiere un tipo de razonamiento, verdaderamente una forma de conocimiento cuya existencia la ciencia, o por lo menos la biología oficial ha excluido. Sin embargo, los descubrimientos recientes en las ciencias de la información y de la propia biología reclaman la necesidad de rehabilitar esta forma de pensamiento perdido. Y si así hacemos, nos podemos encontrar que también hemos restaurado algo del fundamento intelectual de la metafísica tradicional occidental y de la creencia teísta.


Stephen C. Meyer. Hizo su doctorado en Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Cambridge, es profesor asociado de Filosofía en la Universidad Whitworth e investigador adscrito al Discovery Institute de Seattle.

© Stephen C. Meyer. First things, Vol.
Traducción por Dr. Jesús Palomeque

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