Categoria: Cristianismo y la Ciencia

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Introducción
Ateísmo de "brechas"
Explicación para la Información
ADN y Diseño

Introducción

Los cristianos que trabajan en ciencias naturales están siendo seguidos por un persistente espectro: una singular criatura llamada “el Dios de las brechas” (God of the gaps en inglés). Si un creyente concluye alguna vez que las fuerzas naturales son inadecuadas para producir algunos fenómenos en el mundo natural, el espectro está suspendido en el aire, listo para saltar de las sombras. Su poder para intimidar puede ser visto en un ensayo de la filósofa Nancy Murphy, en ‘Perspectivas de la Ciencia y la Fe Cristiana’, en donde ella rechaza cualquier sugerencia de que los cristianos deben desafiar el naturalismo en la ciencia. Murphy arguye que los creyentes están apropiadamente “prevenidos de invocar cualquier acción divina de cualquier forma en la ciencia, especialmente en biología, temiendo que la ciencia avance, proveyendo las explicaciones naturales que harían que Dios pareciera una vez más como una hipótesis innecesaria”. Tales cristianos temen ser puestos en la misma categoría que los hombres primitivos, quienes le atribuían el trueno a la ira de sus dioses.

Ateísmo de "brechas"

Pero, dándole la vuelta brillantemente, Stephen M. Barr conjuró a un fantasma opuesto en “El Ateísmo de las Brechas” (First Things, Noviembre 1995). Estamos tan condicionados a esperar avances científicos que excedan nuestras expectativas, observó Barr, que rechazamos reflexivamente cualquier idea de que la ciencia tiene límites. Sin embargo la ciencia revela no sólo las ricas posibilidades de la naturaleza, sino también sus limitaciones. Para dar ejemplos obvios, sabemos que nunca realizaremos el sueño del alquimista de transmutar químicamente el plomo en oro. Sabemos que un padre de una especie nunca dará a luz una cría de otra especie. La ciencia revela patrones consistentes que nos permiten hacer declaraciones sobre lo que las fuerzas naturales no pueden hacer. Persistir en buscar leyes naturales en tales casos, sugirió Barr, es tan irracional como cualquier mito primitivo de los dioses del trueno.

El ejemplo que consideró Barr fue el de la conciencia humana, enfocando el argumento de Roger Penrose de que la mente no puede ser explicada por leyes de la física conocidas actualmente. Como un materialista convencido, Penrose conserva la esperanza de que nuevas e inimaginables leyes físicas estén sin embargo allá afuera, esperando solamente ser descubiertas. Como comenta Barr, el materialismo claramente funciona para Penrose como una fe de las brechas: Cuando la ciencia revela fenómenos que sobrepasan el poder explicativo de las leyes naturales conocidas, el materialismo se refugia en la esperanza de encontrar leyes “no descubiertas y sin precedentes”, diferentes en su forma a cualquiera conocida actualmente.

Otro campo que con frecuencia hace brotar la fe de las brechas del materialista es la búsqueda del origen de la vida. El descubrimiento del ADN reveló que en el centro de la vida hay un mensaje molecular que contiene una sorprendente cantidad de información. Una sola célula del cuerpo humano contiene tanta información como tres o cuatro veces los trece tomos de la enciclopedia Británica. Como resultado, la pregunta sobre el origen de la vida debe ser reformulada ahora como el origen de la información biológica. El materialista está dedicado a construir una explicación que apele únicamente a las leyes fisicoquímicas. Y es verdad que las bases, los azúcares y los fosfatos de los que consisten los nucleótidos en el ADN son sustancias químicas ordinarias que reaccionan de acuerdo a leyes ordinarias. Sin embargo esas mismas leyes no explican cómo llegaron las sustancias químicas a funcionar como un lenguaje celular.

Explicación para la Información

Sabemos, después de todo, los efectos característicos de las leyes físicas: Ellas o crean patrones aleatorios, como el montón de hojas contra la cerca de atrás de mi casa, o estructuras ordenadas, repetitivas, como pequeñas olas en una playa o la estructura molecular de los cristales. Pero la teoría de la información nos enseña que ni las estructuras aleatorias ni las repetitivas contienen grandes niveles de información.

El contenido de información de cualquier estructura está definido como el número mínimo de instrucciones necesarias para especificarlo. Por ejemplo, un patrón aleatorio de letras tiene un bajo contenido de información porque requiere muy pocas instrucciones: 1) Seleccione una letra del alfabeto y escríbala, y 2) Hágalo otra vez. Un patrón altamente ordenado pero repetitivo, igualmente tiene un bajo contenido de información. Un papel de regalo con la frase “Feliz Navidad” impresa por todos lados en letras doradas está altamente ordenado, pero puede ser especificado con muy pocas instrucciones: 1) Escriba “F-e-l-i-z N-a-v-i-d-a-d”, y 2) Hágalo de nuevo.

En contraste, una estructura con un alto contenido de información requiere un gran número de instrucciones. Si usted quiere que su computadora imprima el poema “Era la Víspera de Navidad”, usted debe especificarle cada letra, una por una. No hay atajos. Ese es el tipo de orden que encontramos en el ADN. Sería imposible producir un juego simple de instrucciones diciéndole a un químico cómo sintetizar el ADN de, incluso, la más simple de las bacterias. Tendría que especificar cada “letra” química, una por una.

El alto nivel de complejidad en el ADN ha llevado a los investigadores a abandonar las posibles teorías del origen de la vida a favor de teorías de auto organización espontánea. El principio guía en el campo hoy es (en las palabras del químico Cyril Ponnamperuma) que “hay propiedades inherentes en los átomos y moléculas que parecen guiar la síntesis en la dirección más favorable” para producir las macromoléculas de la vida. Pero hasta ahora nadie ha podido identificar estas misteriosas propiedades auto organizadoras. Lo mejor que estos científicos pueden hacer es inferir analogías del orden espontáneo en las estructuras no vivientes, como los cristales.

La estructura única de cualquier cristal es el resultado de lo que podríamos pensar como la “forma” de sus átomos (o iones), que hace que ellos encajen en una posición particular y se separen en capas ellos mismos, en un patrón fijo, ordenado. “Si pudiéramos encogernos hasta la escala atómica”, escribe el zoólogo Richard Dawkins en el Relojero Ciego, “veríamos filas de átomos casi sin fin, estirándose hacia el horizonte en galerías lineales de repetición geométrica”.

Muchos científicos encuentran irresistible inferir una analogía entre este ejemplo de ordenamiento espontáneo y el origen del ADN. Por ejemplo, el químico Graham Cairns-Smith propone que el ADN se originó adhiriéndose a la superficie de cristales en ciertas arcillas, con el cristal actuando como un patrón para organizar bloques constructores de vida en arreglos precisos. En ‘La Peligrosa Idea de Darwin’, el filósofo Daniel Dennett va muy lejos al hablar del ADN como un cristal basado en carbón, auto repetitivo.

Pero el defecto fatal en todas estas teorías es que los cristales, aunque altamente ordenados, son bajos en contenido de información. La estructura de un cristal es estrictamente repetitiva - “galerías de repetición geométrica”. Si las fuerzas que producen el ADN fueran análogas a aquellas que producen un cristal, entonces el ADN consistiría de un patrón simple o al menos unos pocos patrones repitiéndose una y otra vez - como el papel para envolver regalos de navidad - y sería incapaz de almacenar y trasmitir grandes cantidades de información.

Tampoco este problema es resuelto por teorías más recientes de complejidad. En ‘En el Hogar en el Universo’, Stuart Kauffman dice que la teoría de la complejidad pondrá al descubierto leyes que hacen la vida inevitable. Pero los helechos, espirales y campanillas que los teóricos de la complejidad construyen en las pantallas de sus computadoras representan la misma clase de orden de los cristales. En las palabras de Kauffman, ellas están construidas por la aplicación repetida de unas pocas “reglas asombrosamente simples”. Como los cristales, estas estructuras pueden ser especificadas con sólo unas pocas instrucciones, seguidas por “Hágalo otra vez”.

ADN y Diseño

La conclusión es que el ADN exhibe demasiado “trabajo de diseño” (como lo dice Cairns-Smith) para ser el producto de simple azar, aunque no hay ninguna ley física conocida capaz de hacer el trabajo necesario. Una vez que aplicamos las herramientas de la teoría de información, todas las posibles candidatas quedan fuera de la carrera. Ninguna ley física produce la clase correcta de estructura ordenada: una con alto contenido de información.

Esta no es una afirmación sobre nuestra ignorancia - una “brecha” en el conocimiento sobre la que uno podría estar tentado a colocar un puente apelando a lo sobrenatural. En cambio, es una afirmación sobre lo que sabemos del carácter consistente de las leyes naturales. Si la estructura de la molécula de ADN fuera un patrón regular, repetido, entonces tendría sentido buscar una ley general de ensamblaje para explicar su origen. Pero en cambio debemos buscar algo que especifique cada nucleótido uno por uno.

También sabemos, de la teoría de la información, cómo funcionan los códigos. Los mensajes codificados son independientes del medio físico usado para almacenarlos y trasmitirlos. Si supiéramos cómo traducir el mensaje en una molécula de ADN, podríamos escribirlo usando tinta o pastel o impulsos electrónicos de un teclado. Incluso podríamos coger un palo y escribirlo en la arena - todo sin afectar su significado. En otras palabras, la secuencia de las “letras” en el ADN es químicamente arbitraria: No hay nada intrínseco en los químicos mismos que explique por qué las secuencias de partículas llevan un mensaje particular. En las palabras del químico - trasformado - filósofo Michael Polanyi, la secuencia de nucleótidos es “ajena a” las propiedades físicas y químicas dentro de la molécula -lo que quiere decir, la secuencia no está determinada por fuerzas fisicoquímicas inherentes. De hecho, es precisamente esta “indeterminación física” (frase de Polanyi) la que da a los nucleótidos la flexibilidad para funcionar como letras en un mensaje - para ser arregladas y vueltas a arreglar en una multitud de patrones impredecibles, como las letras en una página. Pero la indeterminación física implica también que las fuerzas físicas no originaron el patrón - no más que el texto en esta página podría haber sido originado de propiedades físicas del papel y la tinta.

Si consultamos la experiencia diaria, notamos con facilidad que objetos con un alto contenido de información - libros, discos de computadora, partituras - son productos de la inteligencia. Es razonable concluir, por analogía, que una molécula de ADN es como el producto de un agente inteligente. Esta es una versión contemporánea del argumento del diseño, y no descansa en la ignorancia - en las brechas en el conocimiento - sino en el crecimiento explosivo del conocimiento gracias a la revolución en la biología molecular y el desarrollo de la teoría de la información.

A pesar de esta nueva y extensa evidencia, el materialista continúa con la esperanza del descubrimiento de alguna nueva ley física para explicar el origen de la información biológica. Como el químico Manfred Eigen escribe en ‘Pasos Hacia la Vida’, “Nuestra tarea es encontrar un algoritmo, una ley natural que lleve al origen de la información”. Sin embargo ninguna fuerza natural conocida produce estructuras con alto contenido de información, y así la evasiva ley que Eigen espera encontrar debe ser diferente en tipo a cualquiera que conocemos actualmente. Seguramente esto califica como un argumento de ignorancia - el Dios de las brechas del materialista.


© Nancy R. Pearcey
Nancy R. Pearcey es la Directora de Fellow and Policy de Wilberforce Forum, y coautora con Charles Thaxton de The Soul of Science (El Alma de la Ciencia) (Crossway)

1996 First Things 64 (Junio/Julio 1996): 13-14.

Traducción de Juanita Posada
© Mente Abierta, 2001-08-30
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