Categoria: Nuevo Testamento

El Testamento de Jesucristo

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El Testamento de Jesucristo: ¿Fiable?

La gente dice: "La Biblia es un libro como otro cualquiera;" "es un libro escrito por los hombres." Otros, aún más atrevidos, dicen; "el Nuevo Testamento fue escrito mucho tiempo después de que Jesús muriera y no es confiable como documento histórico."
¿Hay algo de cierto en estos comentarios? Te invito a que leas y a que te lleves una agradable sorpresa.

El autor nos lleva, de manera hábil, a entender las evidencias que hacen del Testamento de Jesucristo (El Nuevo Testamento) un libro fuera de serie...

 


 

El Cristianismo, una fe histórica

Fe histórica e ideología teórica

El Nuevo Testamento: Confiable

El carácter de los autores

La exactitud histórica de los autores

Los manuscritos

Introducción

El Cristianismo, una fe histórica
Cuando los autores del Nuevo Testamento se pusieron a redactar los veintisiete libros que lo componen, decidieron correr un gran riesgo. Se atrevieron a situar los eventos que narraban dentro de un marco histórico determinado. Más aún, sostuvieron que el mensaje divino que habían de comunicar brotaba directamente de esos eventos. O sea, escribieron unos textos de contenido espiritual como si se trataran de narraciones históricas.

La exactitud del contenido espiritual del evangelio, por definición, no se presta ni a ser demostrada ni a ser refutada; se acepta —o no— por fe y por convicción personal. En cambio, la exactitud del marco histórico sí se presta a ser demostrada o refutada. Por lo tanto, si nuestra investigación del soporte histórico revela a los autores como historiadores dignos de confianza, aumentará su credibilidad como escritores religiosos. Su veracidad en una área puede darnos confianza para creer lo que dicen en otra.

Cuando, pues, afirmamos que el cristianismo es una fe histórica, ... queremos decir algo más específico: que el mensaje del cristianismo no consiste sólo en pensamientos teóricos, sino también en hechos históricos . El evangelio sostiene que Dios ha intervenido en la historia de maneras concretas. No sólo ha revelado su voluntad por medio de “mensajes” dados a los profetas y a los apóstoles, sino que ha actuado en la historia mediante hechos que sirven como refrendo y, a la vez, como fundamento de su revelación. Las palabras de los profetas y apóstoles y los hechos de Dios en la historia son inseparables. Juntos constituyen la revelación divina. Dios ha hablado y ha actuado. Su actuación no es comprensible sin su comunicación, ni su comunicación sin su actuación. Ha obrado con hechos que se prestan a ser examinados por el método histórico. Él mismo ha entrado corporalmente en la historia en la persona de Jesucristo. El evangelio consiste, no sólo en las enseñanzas de Jesucristo, sino también en los hechos de su vida.

Fe histórica e ideología teórica
Los hechos históricos del evangelio nos pueden servir de guía y confirmación en medio de la confusión religiosa de nuestros días. Porque — reconozcámoslo— el tema de la religión a finales del siglo XX se nos presenta turbio y confuso. Es como si estuviéramos en un mercadillo de religiones, ideologías y filosofías. En cada puesto quieren vendernos su sistema. Todos dicen tener la verdad. ¿Cómo podemos decidirnos? ¿O debemos ir a la tumba sin llegar nunca a ninguna conclusión en cuanto al propósito de la vida y a la existencia de un más allá?

En medio de esta confusión, el evangelio cristiano nos dice: Si quieres, puedes saber; no necesitas quedarte con dudas; no es cuestión de hacer una selección arbitraria, sino de examinar las evidencias; y las evidencias que te propongo son evidencias históricas.

Ya no es cuestión de seleccionar al azar aquella religión que “mejor nos va”, sino de examinar los hechos y escuchar los testimonios de testigos oculares. Por ser el cristianismo una fe con contexto histórico y con enseñanzas arraigadas en la historia, adquiere una dimensión objetiva que admite una comprobación histórica que las demás religiones no tienen.

Las enseñanzas de las grandes religiones del mundo existen con total independencia de la vida de sus fundadores. No es así en el caso de Jesucristo. El mismo es el tema principal de su evangelio.

La base del evangelio son ciertos hechos históricos de la vida de Jesucristo: especialmente su muerte, resurrección, apariciones y ascensión. Estos hechos, por supuesto, tienen un significado espiritual, que constituyen el mensaje del evangelio para nosotros.

La relación entre la historia cristiana (narrada principalmente en los Evangelios y el libro de los Hechos) y la doctrina cristiana (expuesta también en éstos y además en las Epístolas del Nuevo Testamento) es estrechísima. La doctrina cristiana no es cuestión de especulaciones abstractas inventadas por pensadores filosóficos, sino la interpretación lógica de unos hechos verdaderos, de los cuales los apóstoles son testigos. Esta dimensión objetiva, histórica, es la que falta en las demás religiones, Las “verdades” de éstas sólo pueden ser establecidas por factores subjetivos y aceptados por una fe ciega.

El Nuevo Testamento: Confiable
Es porque el cristianismo es una “fe histórica” por lo que los documentos de la Biblia tienen tanta importancia. Nada más saber que el evangelio brota de ciertos hechos históricos, empezamos a plantearnos ciertas preguntas: ¿Cómo saber si estos hechos realmente ocurrieron? ¿Podemos fiarnos de aquellos hombres que pretenden haber sido testigos oculares? ¿No podían haber sido engañados o, peor aún, haber exagerado, cambiado o inventado estas historias? ¿Y cómo saber si lo que ellos enseñaban es lo que aparece hoy en día en las páginas de la Biblia? ¿No podría haber sido deformado por generaciones posteriores de cristianos?

Estas preguntas serían de orden secundario si la doctrina cristiana no estuviera tan vinculada a los hechos de la vida de Jesús. Si, por ejemplo, descubriéramos que Platón era un paranoico que tuvo cinco esposas y mató a tres de ellas, esta afirmación no afectaría demasiado a nuestra apreciación de sus ideas. Fue una gran filósofo —diríamos— pero tuvo una vida muy lamentable. En cambio, si se pudiera establecer lo mismo de Jesucristo, sería el fin del evangelio. Si Jesús sólo fuera un maestro de ética, no importaría demasiado; diríamos sencillamente que era un gran maestro que no practicaba lo que predicaba. Pero, de hecho, el evangelio depende de que Jesús es el Hijo de Dios, que vivió siempre en el poder de Dios y cumplió perfectamente la ley de Dios.

Por otra parte, si todos los manuscritos más antiguos de los libros de Platón hubieran desaparecido y sólo nos quedaran copias del siglo pasado, a pesar de ello pocos dudarían de la autenticidad de sus escritos. Poco arriesgaríamos teniéndolos por válidos. Pero si no tuviéramos manuscritos antiguos de los Evangelios, seríamos un tanto necios si siguiéramos creyendo en ellos. En seguida podríamos sospechar que con el paso de los siglos la Iglesia habría ido añadiendo elementos míticos a la enseñanza primitiva de los apóstoles.

¿En qué consisten las evidencias en torno a la confiabilidad histórica de los textos bíblicos?

El carácter de los autores. ¿Qué clase de personas fueron los autores del Nuevo Testamento? Necesitamos poder contestar a esta pregunta para saber si podemos fiarnos de su palabra o no.

Al menos dos cosas hacen improbable que ellos fueran unos mentirosos (además de la rigurosa ética que predicaban). Una es el hecho de que continuamente pueden apelar a sus lectores en cuanto a la verdad que proclaman: “Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis...” (Hechos 2:22); “No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura. Pues el rey sabe estas cosas, delante de quien también hablo con toda confianza. Porque no pienso que ignora nada de esto; pues no se ha hecho esto en algún rincón” (Hechos 26:25, 26).

La otra es que muchos de ellos —la mayoría— sellaron sus palabras con su sangre. Estaban dispuestos a morir por la verdad que enseñaban. Pues bien, un mártir puede estar engañado, pero difícilmente muere por una mentira.

La impresión que recibimos al leer las páginas del Nuevo Testamento es que los apóstoles eran hombres muy diferentes entre sí (pensemos, por ejemplo, en la sensibilidad de Juan, la impetuosidad de Pedro, el escepticismo de Tomás, el rigor lógico de Pablo, etc.), de distintos trasfondos sociales y niveles académicos.; pero destacaban por su sensatez, su sentido común, su sinceridad y su realismo (nunca intentan engañarnos en cuanto a sus propios defectos) y estaban dispuestos a poner sus vidas por la verdad del evangelio.

La exactitud histórica de los autores. Por su naturaleza, la veracidad de muchos de los hechos de la vida de Jesús y de los apóstoles (por ejemplo, muchos de sus milagros, viajes, enseñanzas, etc.) no se presta a ser demostrada por métodos de investigación histórica. Sin embargo, como hemos dicho, los autores del Nuevo Testamento tuvieron a bien colocar sus narraciones dentro de un marco social y político amplio, con referencias históricas que se prestan a la clase de investigación que puede medir la exactitud y la integridad del autor. Ahora bien, si las narraciones históricas del Nuevo Testamento fueran fraudulentas, fabricadas décadas después de los hechos a fin de servir de apoyo a una religión inventada, habría sido poco probable que los autores se hubieran arriesgado a crear este marco socio—histórico más amplio. Quien hace mención frecuentemente, como en los Evangelios, de las estructuras imperiales y de figuras históricas conocidas, debe tener mucho cuidado con la exactitud de los datos, porque éstos ofrecen a sus lectores muchas oportunidades de comprobación.

Consideremos el caso del evangelista Lucas. Vez tras vez los datos de sus escritos que pueden ser comprobados resultan ser tan exactos que nos convencen de su rigor como historiador, y por lo tanto de la veracidad de los datos que no pueden ser demostrados.

Por ejemplo, diferentes arqueólogos e historiadores nos aseguran que su descripción de las poblaciones mencionadas en sus narraciones muestran un conocimiento de primera mano. Tanto el ambiente como los detalles son correctos.

Los expertos en historia de la navegación reconocen que el Libro de los Hechos es uno de los documentos más instructivos para conocer la náutica antigua.

Otro ejemplo es el uso que hace Lucas de diferentes títulos imperiales:

  • Filipos no era una provincia senatorial, sino una colonia romana, tal y como Lucas mismo nos dice en Hechos 16:12. Por lo tanto, sus oficiales tenían otros nombres distintos: pretores y lictores (traducidos magistrados y alguaciles en nuestra versión de Hechos 16:20, 35).
  • Las autoridades de Tesalónica son llamadas politarcos por Lucas (en el texto griego de Hechos 17:6; en nuestra traducción dice sencillamente las autoridades de la ciudad). Esta es una palabra desconocida en la literatura clásica, pero ha aparecido en diferentes inscripciones arqueológicas de la región de Macedonia.
  • En Hechos 28:7, cuando Pablo sufre el naufragio en Malta, leemos acerca del hombre principal de la isla. Durante mucho tiempo se creía que ésta sencillamente una frase descriptiva. Pero ahora se ha establecido que era el título oficial del gobernador romano.

En todos estos ejemplos vemos la escrupulosa exactitud de Lucas. Hasta tal punto es así, que en varias ocasiones los historiadores han tenido que rectificar sus teorías y reconocer que él tenía razón.

Lucas es un historiador de gran destreza, que puede situarse por derecho propio entre los grandes escritores de los griegos (E. M. Blaiklock, catedrático de filología clásica de la Universidad de Auckland).

La fecha de los libros del Nuevo Testamento. Con estas consideraciones nos introducimos en la complicada cuestión de cómo establecer la fecha de los escritos del Nuevo Testamento. Evidentemente podemos afirmar que cuanto más antiguos son, tanto más se acercan a los hechos narrados y menos podemos dudar de su fiabilidad.

En la actualidad , las fechas generalmente propuestas para los Evangelios serían las siguientes:

  • Mateo: 70 D.C.
  • Marcos: 55-65 D.C.
  • Lucas: 60 D.C.
  • Juan: 80-100 D.C.

Algunos, no sin justificación, proponen fechas aún más tempranas. Aun si aceptamos las fechas tardías, es de observar que fueron redactados en vida de muchos de los testigos oculares de los hechos narrados.

En los escritos de Pablo encontramos el marco tradicional del evangelio con todos los detalles más esenciales de la persona y la obra de Jesucristo, ya establecidos en un fecha todavía más temprana que la de los Evangelios.

Los manuscritos.
Según los últimos cálculos, existen unos 5.400 manuscritos antiguos del Nuevos Testamento, desde pequeños fragmentos de algún libro hasta textos completos. Por supuesto, el estudio y clasificación de tantos documentos es un trabajo inmenso, y su fecha y significado son tema de debate entre los expertos. Pero algunas cosas son muy claras.

De inmediato podemos afirmar que este cuerpo de documentos constituye una evidencia para la autenticidad del Nuevo Testamento cien veces más importante que la que existe para cualquier obra literaria de la antigüedad.

Por otro lado, quizás resulte desconcertante para algunos saber que el manuscrito más antiguo que tenemos de la totalidad del Nuevo Testamento data de mediados del siglo IV. Se trata de dos documentos: el Códice del Vaticano y el Códice Sinaítico (conservado en el Museo Británico). En seguida nos preguntamos: ¿Qué seguridad puede haber en cuanto a la autenticidad del Nuevo Testamento si el manuscrito completo más antiguo data de 300 años después de su supuesta fecha de redacción?.

La respuesta es que podemos tener muchísima seguridad , y esto por dos razones. En primer lugar, en el estudio de manuscritos antiguos 300 años es poca cosa. A fin de entenderlo consideremos algunos otros ejemplos:

  • Julio César escribió su Guerra de las Galias aproximadamente en el año 60 a.C. El manuscrito más antiguo que actualmente conocemos data del 850 D.C., a una distancia de 9 siglos. En total existen sólo diez manuscritos.
  • Tito Livio escribió su Historia de Roma en el año 10 D.C. De los 142 libros sólo existen hoy 35. El manuscrito más antiguo data de finales del siglo IV —una distancia de casi 4 siglos— pero sólo contiene tres de los libros. Existen unos veinte manuscritos más.
  • Tácito escribió sus Historias alrededor del año 100 D.C. Sólo tenemos dos manuscritos de ellas, y de los catorce libros que él escribió sólo nos han llegado cuatro y parte de un quinto. El manuscrito más antiguo es del 850 D.C., o sea, a una distancia de 750 años.
  • Las distancias son aún mayores en el caso de los historiadores griegos. Los manuscritos más antiguos que tenemos tanto de Tucídides como de Herodoto datan de principios del siglo X D.C., a unos 1.400 años de la fecha de redacción. De la historia de Tucídides sólo tenemos ocho manuscritos.

Es con estos datos con los que debemos comparar los 5.400 manuscritos y tres siglos de distancia del Nuevo Testamento.

Pues bien, casi nadie duda de que los textos que actualmente tenemos de Julio César, Tito Livio y los demás, sean lo que estos autores verdaderamente escribieron. Menos razón aún tenemos para dudar de la autenticidad del texto del Nuevo Testamento.

En segundo lugar, debemos subrayar que hemos dicho que el texto más antiguo que tenemos del Nuevo Testamento completo data del siglo cuarto, pero por supuesto tenemos textos fragmentarios más antiguos. Entre los muchos que hay anteriores al 350 D.C. podemos destacar los siguientes:

  • Los papiros Chester—Beattie contienen los cuatro Evangelios, Hechos, las Epístolas de Pablo y Hebreos (es decir, la mayor parte del Nuevo Testamento) y datan de la primera mitad del siglo tercero.
  • El fragmento John Rylands, del año 130 D.C. aproximadamente, contiene Juan 18:31,32. Fue descubierto en Egipto y sólo dista unos 30-35 años de la redacción original.
  • En 1972 el padre O´Callaghan —quien a pesar de su apellido irlandés es oriundo de Tortosa— anunció el hallazgo de un pequeño fragmento (papiro 7Q5), procedente de la cueva 7 de Qumran, que él identificó como un texto del Evangelio de Marcos. Previamente a su identificación, el fragmento había sido fechado por los expertos como procedente de los años 50-75 D.C. (¡o antes!) Hasta el día de hoy, a pesar del escepticismo de algunos, la autenticidad de esta identificación no ha podido ser desautorizada. Al contrario, en una entrevista en el periódico barcelonés La Vanguardia, O´Callaghan pudo afirmar: Mediante ordenador podemos comprobar que esta lectura (es decir, la identificación de 7Q5 con Marcos 6:52-53) es la más probable (según una prueba hecha en Liverpool, la única) de toda la literatura clásica, bíblica y patrística, pues toda esta literatura ya está introducida en programas informatizados que buscan cualquier pasaje en que se dé un conjunto de letras. Luego cita a un experto alemán en manuscritos antiguos, Peter Thiede: De acuerdo con las normas del trabajo paleográfico y de crítica textual, resulta que 7Q5 es Marcos 6:42,53, el fragmento más antiguo que tenemos de un texto neotestamentario, escrito entorno al año 50 y con toda seguridad antes del 68.

Posteriormente el mismo O´Callaghan ha ofrecido posibles identificaciones de otros pequeños fragmentos procedentes de la misma cueva. De confirmarse estos detalles tendríamos evidencias firmes de la existencia de manuscritos del Evangelio de Marcos, el Libro de Hechos, la Epístola a los Romanos. 1 Timoteo, Santiago y 2 Pedro en fechas muy cercanas al momento de su primera redacción.

Aún más recientemente, dos artículos que versan directamente sobre nuestro tema (A Step Closer to Jesus?, en la revista Time del 23 de enero de 1995, y A first—century manuscript of Matthew? en Evangelicals Now, febrero de 1995) dan la noticia de la próxima publicación (en Zeitschrift fur Paprologie und Epigraphik 105, 1995 ) de unas investigaciones paleográficas de Thiede sobre unos pequeños fragmentos de un manuscrito de Mateo 26 (P64, procedente de Egipto, actualmente en el Magdalen College de la Universidad de Oxford; dos fragmentos más, de los capítulos 3 y 5 de Mateo y llamados P67, se encuentran en Barcelona). Según Thiede, el tipo de letra empleado en los fragmentos era corriente en el primer siglo antes de Cristo, pero cayó en desuso a mediados del primer siglo después de Cristo. El propone, por lo tanto, que no pueden ser fechados como procedentes de después de la caída de Jerusalén en el año 70.

Estos datos, entre otros, nos conducen a la conclusión inevitable que podemos exponer en las palabras concisas de un testigo excepcional, Sir Frederick Kenyon, uno de los grandes expertos de nuestro siglo en los manuscritos y arqueología de Oriente Medio: “El intervalo que media entre las fechas de composición originarias y las evidencias más antiguas que poseemos, queda reducido a un tiempo tan pequeño que en verdad se torna insignificante. Ya han sido removidos hasta los últimos baluartes como para que quede duda alguna de que poseemos las Escrituras en la forma substancial en que fueron escritas. Se puede decir que ya está consolidada finalmente la autenticidad y la integridad general de los Libros del Nuevo Testamento.

Conclusiones
Estos factores constituyen áreas obligadas de investigación en torno al tema de la historicidad y confiabilidad del Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento no puede ser fácilmente “explicado” como un libro de leyendas inventadas por hombres crédulos y engañados, ni como la fabricación tardía de una iglesia decadente. Todo apunta hacia la idea de que sus libros fueron redactados en fechas próximas a los hechos, por los apóstoles o por sus compañeros cercanos, y que el espíritu que informa su narración es el de la veracidad testimonial de los testigos oculares.

Esto no nos obliga a creer— La fe es siempre algo voluntario y no se presta a la coacción. Pero al menos este cuerpo de evidencias debe hacernos volver al Nuevo Testamento con renovado interés y con la disposición de aceptarlo como lo que pretende ser: el testimonio fidedigno de testigos oculares a los hechos y dichos verídicos del Jesús histórico.

Tomado de: ¿Nos podemos fiar del Nuevo Testamento?
© David F. Burt
Publicaciones Andamio. Barcelona. 1991
Alts Forns 68 Sot. 1a
Tel 934 322 523
Usado con permiso

 

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