Categoria: Sufrimiento

¡Tanto sufrimiento! ¿Por qué?

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sufrimiento


La transformación del sufrimiento en bendición, como en el caso de la muerte de Jesucristo, es un elemento a considerar en la perspectiva cristiana. Perspectiva de fe y esperanza, aún en medio del dolor.
 
Una experiencia universal
No parece del todo cierta la idea de que todos los humanos vivimos en un valle de lágrimas, donde todos suspiramos “gimiendo y llorando”. Muchas personas disfrutan a lo largo de su vida de múltiples goces y se sienten satisfechas de su existencia. Sin embargo, difícilmente podría encontrarse una sola que, tarde o temprano, no haya tenido días de angustia y sufrimiento. Algunos seres humanos incluso parecen haber nacido para el padecimiento; sus males tienen apariencia de crónicos.


Lo normal es vivir períodos más o menos largos de relativo bienestar y, de pronto, vernos azotados por circunstancias, físicas o morales, intensamente dolorosas: una enfermedad grave, propia o de algún ser querido; la perspectiva de una operación quirúrgica de alto riesgo; un accidente de circulación que ha costado la vida al hijo, al hermano, al amigo, o los ha dejado penosamente lesionados para el resto de su vida; el hijito nacido con importantes deformaciones o minusvalías; la persona amada cuya vida va extinguiéndose paulatinamente bajo los efectos irreversibles del cáncer, de la enfermedad de Alzheimer, etc.; la situación de desamparo en que vive una mujer con sus hijos , abandonados despiadadamente por un esposo y padre egoísta; la aflicción causada por el desempleo, la penuria, el fracaso reiterado en todos los intentos de abrirse camino honradamente en la vida, los males causados por las injusticias y la agresividad de los hombres: opresión, guerras, torturas, violaciones, o por enfermedades mentales, alcoholismo, drogas, sida...


Aun no compartiendo la filosofía budista en lo tocante a la necesidad de suprimir los deseos, debe reconocerse que Buda tenía razón cuando en su famoso sermón en Benarés decía: “El nacimiento es dolor , la vejez es dolor, la muerte es dolor, la unión con lo que aborrecemos es dolor, la separación de aquello que amamos es dolor, no obtener lo que deseamos es dolor...” En el fondo, su discurso coincide con el lamento de Job: “ El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de sinsabores” (Job 14:1).




¿Cómo enfocar el sufrimiento?

Aun a riesgo de simplificar en exceso, puede decirse que hay dos maneras de hacer frente al sufrimiento. Corresponden a dos concepciones distintas del universo y de la existencia humana. Una es la inspirada en una filosofía materialista, según la cual todo cuanto acontece en nuestra vida es resultado de un destino ciego, producto del azar. La otra es la que corresponde a la concepción cristiana.


Ante la primera sólo caben dos actitudes: la resignación o la resistencia desesperada. En el fondo la disyuntiva hamletiana: “Ser o no ser”, “sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar las armas contra un piélago de calamidades...”


La resignación ya fue predicada por los antiguos estoicos de Grecia y Roma, según los cuales el bien soberano consiste en ser indiferente tanto al placer como al dolor, con total exclusión de los afectos (apátheia). Pero ¿quién es capaz de tal indiferencia? ¿Quién se conforma con los males acarreados por un azar adverso? Quizá sólo los pusilánimes. Más “normal” es la reacción de resistencia, de negación incluso, con su indignado rechazo de la realidad dolorosa. Desgraciadamente, la negación y toda resistencia resultan inútiles. El mal prosigue su obra despiadadamente destruyendo a sus víctimas.


La concepción cristiana del sufrimiento y de cuanto acaece en nuestra vida lo presenta todo dentro del marco de la providencia de un Dios sabio y amoroso. Al final todo es iluminado, aunque de momento deja sin contestar preguntas y sin aclarar algunos de los misterios implícitos en el gobierno divino del universo. Pero no podemos pasar por alto el gran problema que plantea la teodicea cristiana.


Una seria objeción

Es casi tan antigua como las creencias religiosas : “Si Dios existe, ¿porqué permite que suframos, a menudo de modo aparentemente injusto?” ¿Cómo armonizar su bondad con el dolor humano? Ha llegado a popularizarse la “lógica” de los ateos: “Si Dios es bueno y no acaba con el mal en el mundo demuestra que no es omnipotente. Si puede acabar con el sufrimiento y no lo hace, no es bueno”. Particularmente sensibles a esta cuestión han sido los pensadores existencialistas (especialmente Camus). El gran teorizante del anarquismo, Bakunin, llegó a exclamar: “Si Dios existiese, habría que destruirlo”.


Indudablemente hay mucho de misterioso en lo que Dios hace o permite en el curso de la vida de individuos o pueblos. Y no sorprende que muchos hallen en ello un escollo insalvable contra el que se estrella la fe. Resulta estremecedor el testimonio del judío Elie Wiesel (premio Nobel de la paz), quién a los dieciséis años llegó al campo de concentración nazi de Buchenwald el mismo día en que, al anochecer, su madre y su hermana eran aniquiladas en el crematorio: “Nunca olvidaré aquella noche... Nunca olvidaré aquellas llamas que consumieron mi fe para siempre”. Si a los horrores de Buchenwald y Auschwitz, añadimos la horripilante destrucción de Hiroshima y Nagasaki, la crueldad reinante en los campos de trabajo soviéticos, o las salvajadas cometidas más recientemente en Bosnia o Ruanda, sentimos una profunda consternación.


Sí, debemos admitir que la existencia del sufrimiento, al igual que la permisión de la injusticia, tiene mucho de misterio, y sería absurdo pretender la posesión de explicaciones fáciles para aclararlo. Se trata de una de las cuestiones más espinosas a que ha de hacer frente la apologética cristiana. Sin embargo, de la revelación bíblica surgen destellos luminosos que nos guían en medio de la oscuridad.


Vivimos en un mundo anormal

No debe perderse de vista que el noventa por ciento , o más, de los sufrimientos son causados por el hombre mismo, por su imprudencia o por su maldad. El conductor de un coche no respeta los límites de velocidad y se mata al estrellarse en una curva. ¿Puede hacerse responsable a alguien que no sea él mismo y su temeridad? Los millones de víctimas de la guerra con sus secuelas de hambre, exilio, encarcelamientos, torturas, violaciones, muerte... ¿no sufren a causa de la ambición, la soberbia y la inmoralidad de quienes desencadenan el conflicto? ¿Qué razón hay para culpar de todo a Dios?


Pero aún en los casos en que el sufrimiento no deba achacarse a torpeza o perversión humanas, no tenemos motivo para hacer a Dios responsable de él. Vivimos en un mundo en el que el orden armonioso del principio ha sido alterado; y el actual “orden” natural — más bien desorden — incluye diversas formas de mal, tanto físico como moral. Dios, de momento, lo permite, a veces de modo que parece injusto. En algunos casos se abstiene de evitarlo, dejando que los acontecimientos sigan su curso según la relación de causa a efecto. Con todo, es mucho más lo que, en su providencia, hace para impedirlo. Sólo Él sabe cuantas veces ha intervenido para evitar la desgracia.


En no pocos casos, lo que humanamente parecía una horrible desgracia ha abierto un nueva perspectiva de la vida, que se ha hecho más plena, más enriquecedora. El autor piensa en un caso especial que ha conocido muy de cerca. Un matrimonio magnífico, excelentes amigos suyos, vivió hace años la amarga experiencia de la enfermedad de Alzheimer que sufrió el esposo, todavía joven. Al deterioro mental de éste siguió su proceso irreversible hasta que su vida se convirtió en simple vegetar. Finalmente, la muerte. Sólo quienes han tenido experiencias semejantes pueden hacerse una idea de lo que la familia, especialmente la esposa sufrió. Humanamente había motivos para derrumbarse. Pero ella era — y es — una fiel cristiana. Robustecida por la Palabra y la gracia de Dios, dejó de pensar en sí misma para pensar en la multitud de familias que pasan dolorosamente por el mismo camino que ella había recorrido, Sintió como vocación divina el impulso de hacer algo para ayudar a tales familias, y como resultado de ese sentimiento promocionó la formación de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer de Cataluña, de la que ha sido presidenta durante diez años. Sólo Dios sabe el bien que tal asociación ha hecho orientando y ayudando a incontables familias que padecen los efectos de la devastadora enfermedad.


El ejemplo mencionado no es único. Ha habido muchos más. Creyentes que han sido triturados por el sufrimiento, que han visto truncados los planes de su vida; pero no han caído en la desesperación. No se han deshecho en execraciones. No han alzado airadamente el puño contra el cielo. Han aceptado lo determinado por la providencia divina. Se han puesto en las manos de Dios y, a semejanza del “grano de trigo que cae al suelo y muere, pero lleva mucho fruto” (S. Juan 12:25), han iniciado una vida nueva en forma de ministerio en favor de los atribulados. Mucho mejor que autolacerarse lamentando la desgracia, ya irreparable, es mirar arriba y adelante. La vida puede tener aún muchas sorpresas bellas... y provechosas para las personas que viven a nuestro alrededor. Vale la pena seguir viviendo con coraje y esperanza.


La Palabra de Dios da un sentido trascendente al sufrimiento

“Lo que al presente es leve y momentáneo — nuestra tribulación — nos produce un eterno caudal de gloria (2 Cor. 4:17). Por supuesto, no significa este texto bíblico que — como piensan muchos — con nuestros sufrimientos acumulamos méritos válidos para nuestra salvación. Los únicos sufrimientos con méritos para salvarnos son los de Cristo en la cruz. Pero el dolor nos ayuda a liberarnos de las servidumbres temporales y a vivir más en consonancia con nuestro destino eterno. Tal experiencia permite que el cristiano, aun en medio de las más adversas circunstancias, pueda mantenerse “gozoso en la esperanza y sufrido en la tribulación” (Romanos 12:12). La esperanza cristiana ilumina todo el futuro de la vida en la tierra y nuestro destino más allá de la muerte. Su base es la palabra de Cristo : “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.” (S. Juan 11:25). El Nuevo Testamento abunda en referencias al glorioso destino eterno de los redimidos.


Ha sido a través de agudos padecimientos que muchas personas han reflexionado seriamente sobre el sentido de la vida y de la muerte. Su reflexión, guiada por el Evangelio, la ha llevado a Dios en una experiencia de auténtica conversión. Y en Dios han encontrado la plenitud de la vida, con la dimensión trascendente que la enriquece, con el poder que las mantiene en esferas de paz y vigor aun en las oscuras profundidades del sufrimiento.


¿Subsisten las sombras del misterio en torno al dolor humano? Indudablemente. Pero esas sombras no necesariamente han de impedirnos reconocer a Dios como un Dios de amor, aun entre las nieblas de su providencia. Pese a todo, aún hay motivos para asumir lo que escribió un joven judío en un muro del gueto de Varsovia durante la segunda guerra mundial:

 

     Creo en el sol aunque no luce.
     Creo en el amor aunque no lo siento.

     Creo en Dios aunque no lo veo.




Tomado de "¡Tanto sufrimiento! ¿Por qué?"


©José M. Martínez

Barcelona

Usado con permiso

 

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